Una API define cómo un programa solicita datos o una acción a otro. Permite que un sitio cree un contacto en el CRM, que un proveedor de pagos comunique un resultado o que una aplicación móvil consulte una cuenta. Una API útil no es solo una colección de direcciones: establece un contrato sobre datos, permisos, errores y cambios posteriores.
Diseñar a partir de acciones reales
Empieza por los eventos de negocio y los registros que necesita la integración. Da nombres claros a las operaciones y devuelve solo los datos necesarios. Describe las entradas aceptadas, las respuestas posibles y las condiciones de error. La documentación y sus ejemplos deben corresponder al servicio desplegado, no a una especificación antigua.
La seguridad forma parte del contrato
Identifica a quien llama y comprueba su permiso sobre cada registro concreto, no solo su función general. Limita la frecuencia de las solicitudes y valida todos los datos recibidos. Guarda los tokens secretos en servidores de confianza. Registra las operaciones que afecten a dinero, permisos o datos de clientes.
Contar con redes poco fiables
Una solicitud puede caducar aunque el otro servicio ya haya terminado el trabajo. Haz idempotentes las operaciones importantes: repetir una petición no debe duplicar pedidos ni cargos. Define tiempos de espera y reglas de reintento. En integraciones por eventos, registra las entregas y permite volver a procesar las que hayan fallado.
Planificar el cambio
Los clientes y servicios rara vez se actualizan al mismo tiempo. Introduce cambios compatibles cuando sea posible, versiona conscientemente los cambios incompatibles y observa qué clientes siguen usando el comportamiento anterior. Una API cuidada deja evolucionar el producto sin convertir cada integración en un parche frágil.



